Tostadas de 10 pesos, chilaquiles, tacos de canasta y bolsas de fruta forman parte de una oferta que permite a miles de pasajeros aliviar el hambre sin abandonar sus recorridos cotidianos.
Antes de que la Ciudad de México termine de despertar, los pasillos del Metro ya se convierten en puntos de desayuno para quienes comienzan temprano su jornada.
Entre correspondencias, andenes y accesos aparecen vasos de café, pan de dulce, tortas y empanadas destinados a pasajeros que no tuvieron tiempo de comer en casa o necesitan una opción económica antes de llegar al trabajo.
Conforme avanza el día, la oferta cambia: cinco tacos de canasta pueden costar 25 pesos; una orden de chilaquiles, 35; un plato de comida china, 70, mientras que las tostadas y algunas piezas de sushi se ofrecen desde 10 pesos.
Diez pesos bastan para detener el hambre
En la estación Salto del Agua, un puesto de tostadas se convirtió en uno de los ejemplos más visibles de esta economía alimentaria subterránea.
Su popularidad ya no depende únicamente del precio. Las publicaciones en redes sociales han llevado a nuevos clientes que llegan por curiosidad, aunque para otras personas representa una alternativa real ante la falta de comedores accesibles en sus colonias.
Las trabajadoras reciben diariamente alrededor de mil tostadas y comienzan a vender desde la una de la tarde. Algunas jornadas terminan con producto disponible; en otras, las existencias se agotan por completo. Hay clientes que compran una o dos piezas y otros que consumen hasta diez.
Comer de pie y seguir el trayecto
Dentro del Metro no existen mesas ni espacios formales para consumir estos alimentos. Cualquier pared, esquina o tramo menos saturado termina convertido en un comedor improvisado.
Las personas comen rápidamente, de pie y con sus pertenencias en la mano, mientras intentan no interrumpir el flujo de usuarios.
No todas buscan una comida completa. También se venden bolsas de fruta por 10 pesos, barras de amaranto desde cinco, papas, cacahuates, chocolates, gomitas, chicharrones y churros.
Más que una experiencia gastronómica, se trata de una respuesta práctica a la prisa, las largas distancias y el presupuesto limitado de quienes pasan varias horas fuera de casa.
Detrás de cada café hay una jornada que comenzó de madrugada
La comida disponible desde las primeras horas también implica que alguien tuvo que levantarse mucho antes.
Algunos vendedores llegan desde municipios del Estado de México, como Chimalhuacán, y comienzan su día alrededor de las 4:20 de la mañana para alcanzar a instalarse cuando las estaciones abren.
Otros entran más tarde, pero encuentran en las ventas una fuente de ingresos para sostener proyectos personales.
Ese es el caso de Tadeo, un joven de 20 años que vende frappés después de haber interrumpido temporalmente sus estudios. Su intención es ahorrar para regresar a la preparatoria y posteriormente estudiar Psicología.
Una economía construida alrededor de la necesidad
La oferta alimentaria del Metro revela dos realidades que avanzan juntas.
Por un lado, pasajeros que necesitan comer con poco dinero y sin desviarse de su camino. Por el otro, trabajadores que dependen de la afluencia diaria para obtener ingresos, continuar sus estudios o sostener a sus familias.
En ese intercambio, los pasillos dejan de ser únicamente lugares de tránsito. Se transforman durante algunos minutos en cafeterías, cocinas y comedores informales donde el ritmo de la ciudad obliga a alimentarse sin detenerse.
El menú cambia según la hora y la estación, pero conserva la misma función: permitir que quienes atraviesan la capital puedan continuar su jornada con algo en el estómago.
Con información de La Jornada.
